domingo, 31 de julio de 2011

La Pregunta por la Seguridad Vial (2)

Antes de comenzar la meditación del día de hoy quiero formular dos aclaraciones:

1- La decisión por la inclusión del elemento “no pensable” en la integridad de la seguridad vial no debe comprenderse en los términos del “estado de excepción” que, siguiendo las investigaciones de Agamben, define la condición del gobierno moderno, donde el soberano es quien define sobre dicho estado, suspendiendo el derecho para garantizar su continuidad. Sin embargo, por el momento no descarto su vinculación –benjaminiana- con la tradición de los oprimidos.
2- Que lo múltiple que compone la Seguridad Vial es parte del orden técnico proviene estrictamente de la determinación correcta de la técnica como dispositivo, medio para un fin, es decir un orden de causalidades. Además, y como queremos permanecer –en lo posible- dentro del problema ontológico, hay que indicar que la técnica proviene de la determinación –nietzscheana- del ente como voluntad de poder. La Técnica busca dominar, dominarnos, -y de hecho es con ella con quien hemos “dominado” el planeta- por eso es necesario pensarla.

¿Cuál es el valor primero que determina nuestra situación? Y ¿cuál es su origen?
“Manejamos como vivimos” define la antropología aplicada al campo vial. Pero ¿Quiénes vivimos? ¿Quiénes manejamos? Antes de una certera pero cómoda definición hay interrogaciones sobre los valores y su origen que debemos hacer.
La respuesta es: el individuo, lo que usualmente se denomina “el hombre” y que yo -hoy y aquí- diré que el genérico debe ser invertido: mejor usar “la mujer”. Así, los que vivimos y manejamos somos nosotros, la mujer. De modo tal que el primer valor que determina nuestra situación es el individualismo y su origen esta ligado, a priori, a la historia del cristianismo: El hecho de haber fundado la doctrina escatológica sobre la posibilidad individual de salvación nos remite al acto inaugural de un valor que, con la secularización moderna de la tradición religiosa, la creación de los estados nacionales y sus sistemas jurídicos centrados en el sujeto de derecho, en conjunto con el desarrollo del capitalismo industrial, nos lleva directamente, pero de una manera exacerbada, amplificada a niveles insospechados, al individualismo moderno, atrapado en el capitalismo avanzado o posmoderno y cuya ideología en ciernes es el materialismo democrático.
Estoy tentado a denominar a este rápido recorte historiográfico una genealogía de trazo muy grueso que, muy lejos de pararse sobre el púlpito para señalar culpables alargando el dedo admonitorio, busca trazar un diagrama orientador para el camino que seguimos.
Decididamente nuestro individualismo atomizado debe ser desmontado pieza por pieza si queremos vivir sin matarnos manejando, debemos fundar nuestro ser sobre otras categorías, hay que transmutar los valores y anclarlos en el bien común, un orden “ontológico” definidos desde el Amor.
No propongo una suerte de paz perpetua al modo kantiano (aunque no descarto retomar ciertos elementos fundacionales de la Ilustración moderna), si no un simple llamado a la pacificación, a la comprensión, al respeto mutuo, a la inclusión del otro, a pensar, como bien lo definió Aristóteles en su Política, que la ciudad, la polis, fue creada para vivir, pero destinada para vivir mejor. Esto sigue una dirección que las señales viales no proveen: nosotros y sólo nosotros tenemos la posibilidad de invertir los valores y hacer de la vía pública el camino seguro que nos permita transitar con tranquilidad hacia nuestro destino.
Unos ejemplos frecuentes:
- el peatón, el que realiza ejercicios aeróbicos, lo hace por la ciclovía,
- el ciclista, molesto por la intromisión, desciende a la vía pública (sin elementos de seguridad), insultando en su fuero íntimo al intruso,
- el automovilista, molesto por la intromisión, se queja e insulta al intruso que lo hace tener que circular teniendo en cuenta su existencia que equivale a un objeto físico que lo interrumpe, entonces irrumpe en el otro carril, donde otro automovilista los ensordece a bocinazos (instrumento del vehículo destinado a insultar al otro),
- el transportista profesional, viendo esta situación, realiza cualquier tipo de maniobra para “apoderarse” del camino ya que “esta trabajando” y este derecho no puede ser obstaculizado por nada,
- el motorista se sonríe porque es “más vivo”: su vehículo le permite realizar casi cualquier maniobra (ilegal e insegura) pero supera todos los obstáculos,
Podría proseguir este relato entrecortado que experimentamos cada día; sin embargo, debo detenerlo: las víctimas reclaman que siga desmontando el “manejamos como vivimos”, preguntando en el camino, por el camino y llegando así a la próxima estación: la Violencia.
Pago con creces mi “antiacademicismo” tan dolorosamente seductor, pero trataré de disciplinar esta búsqueda, “caminos, no obras”, siguiendo este axioma: “Lo primero es la víctima. La víctima es lo más presente y lo más ausente
[1].
Cierro, como siempre, con Spinetta: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir/Que todo tiempo por pasado fue mejor/Mañana es Mejor!!!!!!!!!!!” (Artaud, 1973).
Bahía Blanca, 31 de Julio de 2011
Maximiliano Celendano
[1] Oscar del Barco, “La intemperie sin fin”, Ed. Alción Editora, Córdoba, Argentina, 2007, pag. 175

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