miércoles, 3 de agosto de 2011

La pregunta por la Seguridad Vial (3)

La pregunta por la Seguridad Vial (3)

El camino nos ha llevado, deconstruyendo el individualismo moderno exacerbado, a la Violencia, la violencia como el “segundo” valor que domina nuestras vías circulatorias, apuntando previamente que el orden “ontológico” debe refundarse en el Amor a través del camino de la preeminencia de la Victima.
Propongo abordar esta nueva estación planteando tres hipótesis:
A) El Libre Albedrío NO Existe.
La mujer –recordemos la inversión del genérico) está constituída por la Maldad. Dado que nuestra conducta es producto de un inconsciente, de una ideología, de la oscura fuerza de la voluntad de poder y de una evolución que, durante miles y miles de años, se consolidó a partir del dominio de los otros animales a través de la violencia y la muerte, NO SOMOS RESPONSABLE DE NUESTRA ACCIONES.
Citemos a Nietzsche (que lo dice todo de una manera inigualable): “El concepto de “Dios” fue inventado como antítesis de la vida; concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y difamador. El concepto de “más allá”, de “mundo verdadero”, fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrena ninguna meta, ninguna razón, ningún quehacer. El concepto de “alma”, de “espíritu”, y en fin, incluso de “alma inmortal”, fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo –volverlo “santo”-, para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece seriedad en la vida, a las cuestiones de alimentación, vivienda, régimen intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima. En lugar de la salud, la “salvación del alma”, es decir, una folie circulaire (locura circular) que abarca desde las convulsiones de penitencia hasta las histerias de redención. El concepto de “pecado” fue inventado al mismo tiempo que su correspondiente instrumento de tortura, el concepto de “libre albedrío”, para obnubilar los instintos, con el propósito de convertir en una segunda naturaleza la desconfianza con respecto a ellos”
[1].
Este determinismo “ontológico” le permitió afirmar que “Todos somos inocentes” y a Freud, por su parte, decir que la mujer “no es una criatura tierna y necesitada de amor, si no, por el contratio, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad....el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, si no también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla,....para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”
[2].
La mujer (aun me impacta con fascinación la inversión) tendría así una tendencia natural a la maldad, a la agresión, a la destrucción, a la obstrucción y a la crueldad
[3]. Si esto es así, reitero, no somos culpables; somos algo así como una “máquina” en cuyo interior opera una matriz generativa inconciente que constituye nuestro ser, no contamos con la opción de una decisión soberana y racional. Somos “el” peligro que –así lo esperamos- sólo el amor podrá cambiar.
Con todo esta hipótesis nos lleva al derrumbe del axioma de la seguridad vial: ya no hay un orden de causalidades, ,somos inocentes. ¿Qué castiga la sociedad? Su propia “anormalidad”, ese “no-humano” que nos constituye.
Culturalmente el conducir violentamente, sin normas de seguridad, a toda velocidad, sin casco, etc., es un valor implícito en nuestra matriz inconciente que “desconoce” la Ilustrada idea de Prevención. Un pregunta entre otras: ¿cuántas personas vieron, con alucinado deseo de emulación, una película como Rápido y Furioso y cuántas se suman a charlas, ejercicios y diversos dispositivos para invertir valores?; cuántos de ustedes, queridos lectores, considerando que conducir motos es cabellos al viento, gran cilindrada, alta velocidad y, si es posible, una linda chica sentada detrás y cuántos piensan en casco, máxima 40 km/h, nada de alcohol, ropa clara, etc.?
El desafío es cada vez mayor: frente a nosotros, y con nosotros, un dispositivo histórico cultural que responde a una entidad “ontológica” natural que nos dicta como virtud fascinante y arquetípica lo que no es otra cosa que un conductor suicida.
Y doy un paso más antes de concluir: ¿cómo debería ser el orden externo-impersonal sociosimbólico de prácticas institucionalizadas si el sujeto pretende mantener su “cordura”, su funcionamiento “normal”?
[4] . Esto dispara interrogaciones hacia todos los ángulos desde los cuales podamos pensar la seguridad vial.
Aquí los dejo por hoy, seguiremos –hegelianamente- con el planteo de una hipótesis exactamente inversa para ver qué ocurre en el camino.
Pero antes, como siempre, un inquieto pensamiento de Spinetta: “Madre de la Vida/por favor ilumina la gente/ o todo verdor y creación y tu amor se perderán”. (El Enemigo – Silver Sorgo)
Hasta la próxima.



Bahía Blanca, 3 de Agosto de 2011
Maximiliano Celendano

[1] Nietsche F., Ecce Homo, Por qué soy un destino”, parágrafo 8, Alianza, Madrid.
[2] Freud S., El Malestar de la Cultura, Alianza, Madrid, pág. 53.
[3] Lacan J., La Etica del Psicoanálisis
[4] Zizek S, Visión de Paralaje, Fondo de Cultura Económica, pag. 14

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